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El usurero del Baratillo

A principios del siglo XX, vivía en pueblito ubicado en Tamaulipas – México, un señor mayor de barba gris y cabello negro con un aspecto verdaderamente desagradable. Llevaba por nombre Agustín Bárcena, oriundo de España.

Su actitud era repulsiva, pues solía ser grosero con aquellas personas a las que les prestaba dinero.

Este sr. vivía del porcentaje e intereses que cobraba a aquellas personas que, por necesidad, acudían a él en busca de dinero rápido. En otras palabras, era el prestamista, por excelencia, del pueblo. Aunque siempre estaba dispuesto a “Echar una mano” éste cobraba con creces la misma.

Poseía la facilidad de envolver a sus clientes para posteriormente embaucarlos, logrando dejar en la calle a más de un anciano. En vida se construyó, de mala manera, una fortuna inigualable. Sin embargo, nunca dispuso ni un centavo de su fortuna pues la cuidaba con recelo.

El usurero del Baratillo
El usurero del Baratillo

Don Agustín vivió en un barrio llamado la “plaza del baratillo” ubicado exactamente en Guanajuato. Su hogar estaba construido en la que ahora se conoce como la Plaza de la Paz.

Entre la amargura y la avaricia se fue su vida, buscando incasablemente enriquecer su fortuna sin importar lo que costará. Sus vecinos le temían por la actitud tan arrogante y maleducada que lo caracterizaba.

En el pueblo, se presumía que aquellas personas que no lograban cancelar sus intereses, Don Agustín los enterraba vivos en el patio de su casa y por eso en las noches se escuchaban gritos ahogados provenientes de su propiedad.

Más vale llorar pobre que ahogar gritos

Los niños de la zona tenían terminantemente prohibido acercase a dicha propiedad, pues Don Agustín tenía un perro que mordía a todo aquel que se adentrara a ella.

Además, por si fuera poco, se presumía que cualquier ajeno que osara tocar la puerta de su casa no regresaba jamás para contarlo.

El olor que emanaba Don Agustín era realmente asqueroso, por ello, cuando los necesitados acudían en busca de su ayuda económica se armaban de tapabocas y caretas con el fin de evitar el repulsivo olor.

Sin embargo, a todos les llega su hora y Don Agustín no fue la excepción.

Un día, acudió a él un joven muchacho que logró conseguir el préstamo de 2 mil pesos, que serían cancelados en 30 días con un 25% adicional. Hasta ese momento, ésta había sido el préstamo más grande que le habían hecho jamás.

Don Agustín confiado, le otorga el dinero al joven muchacho y este se retira partiendo con él. Lo que no se imaginaba Don Agustín era que el muchacho no tenía intenciones de regresar y mucho menos de cancelar la deuda adquirida.

Así pasaron los días, semanas y meses sin saber del joven muchacho y su deuda. Don Agustín perdido en la ira prendió fuego a su casa con él y su perro dentro. Pero antes, juró que desde el más allá procuraría no brindar paz a aquel viejo barrio como venganza.

Por ello, aún se escuchan los gritos ahogados en la Plaza de la Paz.

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